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Cincuenta y cinco años después de “iniciada” la que dos mandatarios estadunidenses denominaron “guerra contra el narcotráfico”, por ser el “enemigo público número uno” de su país (Richard Nixon, 1971 –en 1973 creó la Administración para el Control de Drogas, mejor conocida como DEA–, y Ronald Reagan, 1980; “mano dura”, pregonaba, pero un bienio después, la esposa de este último, Nancy, se limitó a una campaña propagandística – Just say no–, igual de onerosa que ineficaz), el balance resulta social y políticamente desastroso, pues Estados Unidos ha mantenido intacto el liderazgo como importador de estupefacientes (toneladas y toneladas de todos colores y sabores) y el aumento en consumidores, muchos de ellos fallecidos por sobredosis año tras año.


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