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Durante varias semanas, el Mundial logró algo extraordinario: millones de personas compartimos una misma emoción. Las calles se llenaron de banderas, las conversaciones giraron alrededor del futbol y familias enteras encontraron un espacio para reunirse, celebrar y emocionarse. Durante noventa minutos, los problemas cotidianos parecían detenerse. La atención estaba puesta en un solo lugar: el siguiente partido.

Pero todo gran acontecimiento tiene un final. Llega el último silbatazo, se apagan los estadios y la vida vuelve a la rutina. Es entonces cuando muchas personas experimentan una sensación difícil de explicar: una mezcla de vacío, nostalgia o desmotivación.

No se trata necesariamente de una depresión clínica. Es una respuesta emocional que puede aparecer después de vivir experiencias que generan altos niveles de expectativa, entusiasmo y conexión colectiva. Nuestro cerebro pasa de semanas de intensa estimulación a una realidad que, de pronto, parece mucho menos emocionante.

Quizá la pregunta no sea qué ocurre cuando termina el Mundial. La verdadera pregunta es por qué necesitamos que suceda un gran acontecimiento para sentirnos emocionalmente bien.

Durante esas semanas no desaparecieron las preocupaciones económicas, las responsabilidades laborales ni la incertidumbre. Simplemente dejaron de ocupar el centro de nuestra atención. Cuando la euforia termina, todo aquello que habíamos puesto en pausa vuelve a aparecer.

Y ahí surge una reflexión mucho más profunda sobre la salud mental. Vivimos esperando el siguiente gran momento: las vacaciones, un concierto, un ascenso profesional o el próximo Mundial. Como si nuestro bienestar dependiera de lo que sucede afuera, cuando en realidad necesita construirse desde adentro.

La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada ocho personas vive con algún trastorno mental. Más allá de las cifras, el mensaje es claro: la salud mental dejó de ser un asunto individual para convertirse en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

El deporte de alto rendimiento entendió esta realidad hace años. Hoy ningún equipo de élite llega a una competencia internacional sin preparación psicológica. Los atletas entrenan su mente para manejar la presión, recuperarse del error y mantener la concentración cuando más importa.

Entonces surge una pregunta inevitable: si los mejores deportistas del mundo entrenan su mente todos los días, ¿por qué seguimos creyendo que el resto de la sociedad puede enfrentar el estrés y la ansiedad sin hacer lo mismo?

La evidencia científica demuestra que prácticas como la meditación ayudan a regular las emociones, disminuir el estrés y fortalecer la atención. No son una moda, sino una herramienta accesible para desarrollar bienestar emocional.

Quizá ese sea uno de los aprendizajes más valiosos que nos deja el Mundial. No solo comprobamos el enorme poder del deporte para unir a millones de personas; también vimos la intensidad con la que vivimos nuestras emociones y cómo, cuando la euforia termina, muchas veces no sabemos qué hacer con ellas.

El desafío no consiste en evitar ese vacío emocional, sino en desarrollar las herramientas para recuperar el equilibrio cuando termina la celebración y la vida continúa.

Después del último silbatazo comienza el partido que todos jugamos cada día: el de nuestra salud mental. Ese sí es un campeonato que vale la pena ganar.

Presidenta Ejecutiva de Fundación Medita México

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