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Miles de personas manejaron cientos de kilómetros este verano, cambiaron planes de vacaciones y reservaron boletos con un año de anticipación para sentarse frente a una pantalla curva de quince metros. No iban a un concierto ni al lanzamiento de un teléfono. Iban a ver una película rodada por completo con cámaras de cine analógico, algo que ningún largometraje comercial había logrado antes. La Odisea, de Christopher Nolan, solo pudo proyectarse en su formato original en veinticinco salas de Estados Unidos y cuarenta y una en el resto del mundo. Esas pantallas representan menos del uno por ciento de las disponibles en el planeta y, aun así, generaron cerca de una quinta parte de toda la taquilla de la cinta. Hubo que abrir funciones de madrugada para no dejar a nadie fuera.

La insistencia de Nolan por el celuloide no es un capricho reciente: rechaza el teléfono inteligente, prefiere los efectos prácticos sobre los digitales y lleva años repitiendo que ningún sistema de imagen artificial reproduce el ojo humano como la película de cine. Él mismo se describe no como un tecnófobo, sino como un tecnoescéptico. Esa distinción cobró otro peso cuando, promocionando su adaptación de Homero, el director definió a la inteligencia artificial recurriendo a la imagen central de su propia película. La comparó con un caballo de Troya, aunque con una diferencia: uno hecho de vidrio, transparente, donde cualquiera puede ver a los soldados escondidos adentro. Dijo no haber visto nunca una tecnología que avanzara tan rápido y que, al mismo tiempo, generara tanto rechazo público, sobre todo entre los más jóvenes.

Hay algo casi demasiado perfecto en que sea el director de una película sobre el engaño y el regreso a casa quien recurra a esa historia para hablar de máquinas que prometen resolver la escritura, la imagen y la música por nosotros. El mito que filmó le regresó convertido en herramienta para pensar el presente.

La ironía se completó sola pocos días después. Mientras la película seguía llenando salas, un empresario tecnológico anunció que su propia inteligencia artificial generaría, antes de que terminara el año, una versión completa y fiel a Homero de la Odisea, sin actores ni meses de rodaje bajo el sol real de Grecia. El anuncio funcionó casi como una demostración en vivo de la advertencia de Nolan: la promesa de obtener el mismo relato sin el esfuerzo que lo sostiene, sin el cuerpo de nadie de por medio. Los jóvenes que el director citaba como ejemplo de sano escepticismo ya tienen, de hecho, una palabra para ese tipo de contenido y la repiten con desdén cada vez que lo reconocen.

Puede que la lección de Troya nunca haya sido que el caballo estuviera bien escondido. Los troyanos también dudaron; también hubo quien advirtió que algo no cuadraba. La historia se decidió porque, aun sospechando, abrieron la puerta igual. La temporada de peregrinaciones a las últimas salas con proyector de película no prueba que hayamos aprendido a reconocer el caballo cuando lo vemos. Ya lo reconocemos, dice Nolan, y con una claridad casi cómica. Todavía no sabemos qué haremos cuando, sospechando de todos modos, nos convenzan de abrir la puerta.

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